Una bella serata.


Hoy ha sido un día precioso:
Lo he pasado completamente solo, pero me he sentido en todo momento acompañado: he ido con mi bici. No he llevado ningún mapa conmigo y he pasado seis horas fuera de casa. Obviamente, también me he perdido, pero he visto unos lugares increíbles.
Torino es una ciudad preciosa y nunca me cansaré de decirlo. Vivo con un miedo permanente a salir a la calle, pues cada vez que la piso descubro un algo nuevo que, no sé cómo lo hace, me sorprende. Y hoy quien me ha sorprendido es el comercio:
La ciudad esconde más de cuarenta mercados de calle. Son mercados de barrio, de ropa de mercadillo, de frutas y verduras, de demás alimentos, de productos de belleza; mercados de ropa usada y de segunda, tercera y sabediós qué mano, pero ropa que aun así sigue siendo cara; mercados de lo usado, de antigüedades, de muebles y decoración y un sin fin de cosas que jamás imaginarías encontrarte en plena calle de Torino cuando paseas junto a su niebla y a sus 6 o 7 grados de frescor alpino.
Paseando por el centro hay un mercado de lo usado; alrededor de veinte puestos con cosas de lo más variopinto: decenas de teléfonos antiguos de pared y de marcar con rueda; Coca-Colas en botellas llenas de polvo de hace cincuenta años; carteras de Chanel, unos mocasines de señor de Louis Vuitton forrados con pelo, pines y monedas que parecen de la época de Carlomagno, cuadros parisinos, cinturones de cocodrilo y aparatejos de madera con bombillas de fin dudoso.
Una vendedora se apodera del mobiliario urbano y le da uso como un puesto de mercadillo más. Coloca cuidadosamente sus cuadros monocromos sobre los bordillos y las paredes de la Biblioteca Nacional. Expone sus nutrias y zorros sobre un tiesto de árbol, cual carnicero cuelga los conejos y los cochinillos sobre los ganchos: un verdadero árbol de Navidad bien adornado. Bolsos de cuero, mochilillas perroflautas y sobretodos de lana y cashmere de color púrpura.
Al mismo tiempo y dos quilómetros al sur de ese mismo punto, en otro mercado los vendedores dan a conocer sus productos. Nadie grita. Nadie vende sus mejores ofertas. La gente solo revuelve entre montones de ropa y ojea los kilos de bisutería que se muestran. Es un mercado algo más parecido al mercadillo español; con bolsos de plástico, camisetas de nailon, jerséis con pedrería y lencería íntima. Colores negros, blancos y fucsias. Y cinturones de PVC. Es difícil divisar el final de la calle y la niebla blancuzca sigue estando presente.
Parece un barrio moderno y acomodado. Hay muchos comercios y la gente viste con ropa elegante. Un chico sujeta a su novia, que está al borde de sufrir una rotura de tobillos, a la entrada de una antigua cafetería: los tacones más delgados que he visto en mi vida. En ese mismo local entro y por fin encuentro los “gianduiotti”, las chocolatina típica de Piamonte con forma de pirámide alargada. No sin antes preguntar el precio (me dispongo a comprar un chocolate de 33 euros el kilo), le pido a la señora solo un “etto” (100 gramos). Los aires de clasicismo me envuelven y huele a café italiano. Y por fin los pruebo: es un chocolate suave, dulce, moldeable. Seguro que lleva avellana y vainilla. Está tremendo.
Me pierdo. Y me vuelvo a perder. Una hora después, sorprendentemente aparezco en el sitio al que quería ir desde hace tiempo: Eataly y, justo en frente, L´Otto. Eataly es el centro de la comida italiana por excelencia; donde, según dicen, el gusto y el olfato encuentran su supremacía. Un centro comercial en el que puedes pasarte horas viendo y probando comida, comida y más comida. Todo está adecuadamente separado y bien colocado: La Carne, La Pasta e la Pizza, La Verdura, Il Pesce, I Formaggi e I Salumi, Il Cafè, Il Dolce, Il Gourmet, y, sobre todo, La Birra e il Vino. Los estantes se conjugan con pequeños restaurantes y puestos de prueba. No puedo negar que es sorprendente. No es un hipermercado, es una galería de exposiciones de “Il cibo”, la comida. Un pasillo dedicado solo a la pasta, donde se pueden contar hasta 20 tipos de pasta diferente. Arroz de color negro y una especia de tallarines enormes de longitud extrema a los que llaman “mafalda”. Me tomo un café con “panna” y me muero del gusto. Es guay. Es márquetin.
Justo en el edificio de en frente veo una figura enorme con forma de ocho. Es el centro comercial de una sola planta en el que el consumidor puede andar en línea recta sin toparse con ningún obstáculo durante veinte minutos. Tiendas y más tiendas. Hay un concierto. Y también una zona abierta con quince o veinte atracciones hinchables para niños. Solo oigo gritos. Entro en una tienda de juguetes: un puzzle de dieciocho mil piezas por 200 EUR, bolas de cristal con electricidad dentro, circos en miniatura, colores y más colores. Es precioso. Minutos después se forma un barullo increíble en la puerta del Juventus Store. Me uno al bollo y a las cámaras, pero no sé quién está dentro. La gente grita. Un rato después sale de la tienda y se deja aparecer entre los chirridos y vociferios de las adolescentes un chico al más estilo “famero”. Resulta ser Marco Mengoni, un cantante que podríamos equiparar al Alejandro Sanz contemporáneo. Le hago una foto, pero no sé por qué.
Vuelvo hacia casa. Es de noche y hace más frío aún. Desencadeno la bici y recorro otros dos quilómetros hacia el norte. Me encuentro con una banda callejera vestida de rojo y haciendo malabares con sus instrumentos. Multitud de señoras mayores muy bien arregladas entran en el Teatro Real a ver Madame Butterfly. Descubro nuevas luces de Navidad cerca de allí. Aparco la bici, las miro y un hombre me dice que si la bicicleta es mía, que si puede hacerla una foto.
Torino ha un fascino che non sò. Ma mi piace. Mi piace bene.
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  1. ¿18.000 piezas? Doviamo andare a comprare la prima Polaroid… C`era due… la più barata così. E la minicamera! BELL 14!! E devo andare a l`otto anche! Tutto il mondo parla su l`otto e hi non ho stato mai! Porco dio. Resti bene!


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