Un pò di pasta e basta…



Está claro que ser Erasmus no es fácil. Por fin sé lo que es comer arroz cuatro días seguidos. El truco está en hacer mucho y combinar ingredientes en función del día: con tomate frito, con funghi, con ajito y orégano, y también con queso por encima. Me he enamorado de dejar enfriar la pizza y comerla acartonada a la mañana siguiente sin problema. Pero también de abrir el frigo y ver ketchup, huevos y dos yogures de sabores con los que te será imposible reconciliarte jamás.
Pero no es por gusto:
La carne en Italia tiene unos precios desorbitados. El chopped, el pavo y el jamón de York o son un lujo o vienen en lonchitas con aspecto gualdrapero y tonos pálidos. Y me cuesta ver ternera y cerdo en las cámaras frigoríficas.
Con el pescado ocurre parecido, parece que lo esconden. Lo único que encuentro son congeladitos entre cuatro y cinco euros. Y las pescaderías en los supermercados están omitidas por alguna razón que desconozco.

Queso hay: formidable y a patadas.
La pasta parece ser el sustituto de todos los primeros platos que solemos tomar en España. Un pasillo completo del supermercado resulta obligatorio a la hora de nombrarla. Es el elemento primordial y cabeza y jefe de todas las cestas del súper. Y, a mi parecer, es lo único barato. Aquí es donde aparecen promociones de dos por uno, descuentos y grandes oportunidades. “Barilla” es la marca de ocasión, la ganga por supremacía. En España, la más preciada y costosa.
Pero, sin duda, si alguna cosa se convierte en el producto estrella de los autoservicios, eso son los prefabricados. Pastelitos, dulces, pastas, galletas, bombones, tabletas y bollos. Auténticas maravillas colesterolianas que se exhiben a sí mismas en un sinfín de estantes; y parecen arremeter contra tu cesta a cada paso que das. Son colores y razas diferentes. Es una multiculturalidad que me asombra.
Y una cosa que no entiendo: el maldito agua con gas que siempre ha encantado a los europeos -los italianos de esto no se libran- y que, por un indudable motivo, España se niega a aceptar. Está por todos los lados.
Aun así, no voy a negar que en este país haya buena comida. El risotto con champiñones o a la milanesa es superior. Los calzone de jamón y queso, una delicia. Alguien un día logró obtener de una simple harina con pimienta un sabor intenso que me recuerda a la carne castellana y lo llamó farinata. El cioccolato amargo es amargo de verdad, pero con un sabor tan penetrante que perdura durante tiempo. El cafè con panna un descubrimiento excelente. Y el gelato italiano lo mejor del mundo -puedes deformarlo como si fuera auténtica plastilina-. La pizza realmente fina, los arancini de ragú y formaggio para llenar bien el estómago entre horas. Las piadine, la ricotta afumicata, la insalata cesare y un largo etcétera de cositas que te vas encontrando día a día.
Pero, lo siento, sigo echando de menos el cocido madrileño, el jamón serrano, las nécoras y los langostinos a la plancha con limón y sal gorda, el arroz con conejo de mi abuela y, sobre todo, una buena paella. Quién la viera.
En Navidad vagaré por los pasillos de Mercadona durante horas y, solo entonces, echaré de menos los macarrones.

Risotto alla milanese

Calzone

Arancino

Farinata

Cafè con panna

Ricotta afumicata


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  1. Jajajajaja, a mi también.Jo, el mismo día que escribiste tú esto estaba yo pensando hacer una lista de cosas que voy a comer en cuanto llegue y otra de las barbaridades que se meten estos entre pecho y espalda (para que luego digan que el aceite de oliva es todo grasa)Ay, Mercadona…Voy a suspirar un rato…


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