La Strada


Italia agota. El ritmo que en sus vidas llevan los italianos es vertiginoso; irrefrenable. O, al menos, esa es la sensación que tengo en mi día a día. El problema es que me estoy catolizando en uno de ellos.
Voy a ser sincero y, la verdad, es que no madrugo demasiado por las mañanas, pero todas las noches me voy a la cama pensando en que madrugaré al día siguiente. Sin embargo, es salir de casa e infiltrarse en un mundo de personas urgidas que acuden de un sitio a otro y con muchos cometidos que cumplir.
Las calles se convierten en verdaderas pasarelas de moda desde primera hora de la mañana hasta después del “pomeriggio”. Los opulentos garbean por las anchas calles de Turín con abrigos de paño y pie de poul, jerséis de mohair y zapatos relumbrantes con taladros, mientras decenas de limosneros y mendicantes prueban suerte sobre las gélidas estructuras marmóreas de las avenidas. Ellos, pero también los puestos de bengalíes que venden pashminas, inciensos de vainilla y juguetes por toda la ciudad. La gente come a todas horas y en cualquier rincón. Las terrazas de las cafeterías encienden los calefactores al máximo en diciembre y seguirán así durante el resto del invierno. Los conductores aprovechan el mínimo descuido para sobrecoger a los ciudadanos con sus estridentes cláxons; y el italiano hablado, como tal, el de calle, el de nivel de usuario, se convierte al final de un duro día en un idioma estrepitoso y retumbante. Cualquier diálogo parece mudarse a un coloquio de cacatúas vociferantes. Como contrapunto, aparecen las manifestaciones universitarias, que son verdaderas procesiones de la Aurora, donde nadie se atreve a alzar la voz mucho más alta que otra. La educación también es preeminente y cualquier aturdimiento o desacierto parece ser excusa para dejar caer un “scusa”, “permesso” o un “prego”, pero pocos incluyen un pequeño amago de sonrisa.
Los piamonteses son paisanos fríos, tal y como el tiempo aquí a finales de noviembre y, en general, resulta difícil entablar con ellos una parrafada a modo de conversación, porque tampoco se dejan. Pero tampoco se muestran del todo introvertidos. Es un carácter extraño.
Podría describir a un hombre piamontés tipo, algo así como un sureño-europeo, pues conservan las características de la cultura mediterránea y, en particular, la italiana, pero con un degradado encaminado hacia la deshidratación característica de la cultura centroeuropea. Como si habláramos de un carácter italiano barnizado de sobriedad norteña.
Sin embargo, hablar en español en la calle significa recibir miradas afables y gestos de cordialidad.
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  1. HOSTIA PUTA QUE SE ME HA BORRADO 4 VECES EL COMENTARIO.Cos`è "pie de poul"?! Ho letto il tuo post con paper gagnsta di fondo… Non so si quello e buono o brutto. Allora sono d´accordo con la tua descrizione. Solo mi manca che non hai parlato sulle castagnere e il odore che le sue stufe sprigionno per la strada.Bennisimo probos.

  2. Jajaja Gonza….non so SE è buono o brutto, sarebbe :PLa gente del sur es mucho mejor definitivamente (de cáracter, que luego son menos cultos, más catetos)…cuantas más veces voy al Norte, más lo pienso xD.Un beso alvaritooo!


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