I Pro e i Contro


Realmente, voy a echar de menos la Italia. No sé exactamente por qué, pero todavía estoy aquí y sé que la voy a estimar. En poco más de una semana vuelvo a España por Navidad…
Si algo echo de menos de España es la familia, el encontrarte con la yaya, con papá y con los titos. Las ganas de besos y abrazos. Las ganas de dormir en la misma casa que papá, en tu habitación, en tu cama y con tu ordenador; tus tazas del desayuno y la decoración perenne de tu hogar. La manía de los españoles por iluminar en demasía sus calles por la noche.
Si algo echo de menos de España es el olor. Llegar y sentir la verdadera Navidad, que en mi país no sé por qué huele, pero huele guay. Es un olor que todos conocemos pero ninguno sabe describir y que, curiosa
mente, en los demás países solo huele a frío. Le falta algo.
Si algo echo de menos de España es la comida. No podéis imaginar las ganas que tengo de encontrarme sobre la mesa platos a rebosar de comida. El olor a guiso. El jamón. Los turrones. Y el roscón de Reyes.
Si algo echo de menos de España es el orden. El echo de tener un orden y una constancia repetitiva que aportaban una serenidad a mi vida. Y por mucho que lo odiara antes, tengo que aceptar que aquella siempre odiada “rutina” era la que formaba el día a día. Mi casa, mi gimnasio, mi facultad, mi ciudad, mi habitación y mi día.
Si algo echo de menos en España es el saber. Saber dónde buscar, dónde encontrar, dónde permanecer y saber dónde saber.
Pero hay algo aquí, y no sé exactamente lo que es, que tira de mí y no me deja alejarme, o me pide que vuelva pronto:
Es la ciudad. La gente y el sonido de las calles. El italiano. El ruido de los tranvías y los pájaros de Turín que cantan durante toda la noche. El olor a café y a pastelería que parece desprenderse del propio cemento. Y los perros de raza que lo inundan todo. La manía de los italianos por no iluminar nada de noche, pero derrochar en luces preciosas de Navidad.
Es el olor a frío. El respirar gélido aire alpino en todo momento y pasear con la nariz y las orejas congeladas. Lana, lana y más lana. Los gorros y abrigos de pelo. Y las botas altas.
Es la comida. Aunque admito que una dieta Erasmus no es el plan nutricional más aconsejado, la Mensa es ya como uno más de la familia. Y su pasta “al dente” dura. Y sus tenedores de plástico indomables. Y sus manzanitas picaditas. Pero también los millones de restaurantes y bistrós que Torino esconde en cada rincón. Y también el ponerme las botas cada vez que “hacemos” un aperitivo en un bar y sentimos que somos los únicos que cogen tanta comida y platos.
Es el desorden. El caos de la ciudad. El ruido, las voces, el polvo y el asfalto. El callejero de Turín parece ser lo único que permanece en orden en la ciudad, salvo las inconformistas Via Po y Pietro Micca. Vivir en Italia sin desorden, es como no vivir. Hoy mismo un profesor se reía mientras decía en alto que lo curioso de lo italiano era la apariencia de no hacer nada, de no tener nada seguro hasta que llegara justo el momento final en el que, por arte de magia, todo se consigue.
Es el desconocimiento. El no saber dónde buscar, dónde encontrar, dónde permanecer y no saber dónde saber. Más que desconocimiento, el echo de tener que sentirte obligado a preguntar y a hacer las cosas por ti mismo. Es una frustración de las grandes, pero después de todo se convierte en una satisfacción el doble de grande.
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  1. joqué bonito :)este post no debería ser uno más… no quiero que lo tapen otros! me encanta!eso de… "saber dónde saber" ;)oh y sii! vuelves a casas vuelvesss! como los turrones El Almendro! jaja


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